
Sí, la precariedad laboral juvenil en España es un problema estructural que se explica por la alta temporalidad, la sobrecualificación y la falta de oportunidades estables para quienes empiezan su carrera. Según los últimos datos del INE (2025), más del 45% de los contratos a menores de 30 años son temporales, frente al 20% en la media europea. Además, el salario medio de un joven ronda los 1.200 euros brutos al mes, muy por debajo del umbral de independencia.
Yo mismo he vivido esa realidad: tras terminar la carrera, encadené tres prácticas no remuneradas y dos contratos de obra y servicio en cuatro años. La razón principal no es la falta de ganas, sino que el mercado valora la experiencia por encima de la formación, y las empresas aprovechan la flexibilidad legal para no comprometerse. En 2026, la reforma laboral de 2022 ha reducido la temporalidad general, pero los jóvenes siguen siendo los más afectados porque entran en los puestos más vulnerables.
| Indicador | Jóvenes (16-29) | Total población activa |
|---|---|---|
| Tasa de temporalidad | 45% | 27% |
| Salario medio bruto anual | 16.800 € | 24.300 € |
| Tasa de sobrecualificación | 38% | 15% |
Fuente: INE, Encuesta de Población Activa 2025.
Para salir de este círculo, necesitamos políticas que vinculen los contratos formativos a salarios dignos y un sistema de FP dual real que conecte la educación con las necesidades empresariales. Mientras tanto, la precariedad no es una elección personal, sino una trampa colectiva.

Desde mi experiencia como reclutador, la precariedad juvenil arranca en la desconexión entre lo que se enseña en la universidad y lo que piden las empresas. Muchos currículums de recién titulados tienen títulos brillantes, pero carecen de habilidades prácticas como trabajo en equipo, negociación o manejo de herramientas digitales específicas. Las empresas, al no encontrar perfiles listos para el puesto, ofrecen contratos temporales de prueba para minimizar riesgos. Si el candidato rinde bien, se le renueva; si no, se acaba la relación. Es un modelo defensivo que penaliza a quien no ha tenido prácticas reales durante sus estudios.

Como orientadora laboral, veo que muchos jóvenes aceptan condiciones precarias porque no conocen sus derechos o creen que es un paso obligado. La falta de negociación salarial y el miedo a perder una oportunidad les lleva a firmar contratos de media jornada o con horarios partidos. Además, el auge de las plataformas digitales ha creado una falsa autonomía: repartidores, riders o freelancers sin contrato formal. La solución no es solo legislar, sino educar en cultura laboral desde el instituto: saber leer una , entender un convenio colectivo y valorar el tiempo propio.

La precariedad juvenil es la consecuencia directa de décadas de reformas laborales que priorizaron la flexibilidad sobre la estabilidad. Desde el sindicato, llevamos años denunciando que los contratos en prácticas y en formación se utilizan como mano de obra barata. En 2026, aún tenemos un 12% de jóvenes que trabajan sin contrato o en economía sumergida. La inspección de trabajo no da abasto. Lo que hace falta es endurecer las sanciones a empresas que encadenan contratos temporales para un mismo puesto, y vincular las subvenciones públicas a la creación de empleo fijo y de calidad para menores de 30 años.

Soy emprendedor y he tenido que contratar a dos chicos recién salidos de la universidad. La verdad es que, con los costes de Social y el riesgo de un mercado incierto, no podía ofrecerles un contrato indefinido desde el primer día. Les hice un contrato de seis meses con opción a fijo, y al final los dos se quedaron. Creo que el problema no es solo la empresa, sino que el sistema fiscal no premia la contratación estable de jóvenes. Si el Estado redujera las cuotas durante el primer año o diera bonificaciones reales, muchas pymes como la mía darían contratos más largos desde el principio.


