
La precariedad laboral en España es un problema estructural que combina alta temporalidad, salarios bajos y un mercado dual. En mi opinión, la razón principal es que el sistema productivo español se apoya en sectores estacionales como el turismo y la hostelería, donde los contratos temporales son la norma. Además, las reformas laborales de las últimas décadas han priorizado la flexibilidad para las empresas, pero sin garantizar la estabilidad del trabajador. Según datos de Eurostat, la tasa de temporalidad en España ronda el 25%, casi el doble de la media europea (12%). Esto se traduce en una rotación constante que impide planificar una carrera o acceder a créditos. También influye el salario mínimo, que aunque ha subido, sigue siendo insuficiente frente al coste de la vida en ciudades como Madrid o Barcelona. Por último, la brecha generacional es clave: los jóvenes nos enfrentamos a prácticas no remuneradas, contratos de formación sin salida y una sobrecualificación que no se valora. A continuación, una tabla comparativa para visualizar el problema:
| Indicador | España | Media UE |
|---|---|---|
| Temporalidad (2025) | 25% | 12% |
| Salario medio anual (€) | 26.000 | 34.000 |
| Desempleo juvenil | 28% | 15% |
Hasta que no se aborde la dualidad entre fijos y temporales y se incentive el empleo de calidad, la precariedad seguirá siendo la tónica.

Yo creo que el problema está en la mentalidad empresarial y en la falta de inversión en I+D. Muchas empresas optan por contratos temporales porque les sale más barato y no arriesgan. Además, cuando la economía se frena, los primeros en perder el empleo somos los temporales. También noto que los salarios no crecen al ritmo de la inflación. Por ejemplo, en 2025 el IPC subió un 3% pero los sueldos apenas un 1,5%. Eso erosiona el poder adquisitivo. Y luego está la vivienda: un alquiler medio en una capital se come el 50% del salario de un mileurista. Así es difícil no sentirse precario.

Para mí, la precariedad viene de la sobreoferta de mano de obra y la falta de especialización. Hay mucha gente dispuesta a aceptar condiciones malas porque no hay otra opción. Las empresas lo saben y ofrecen contratos de 20 horas cuando necesitan 40, o pagan por horas sin cotizar. También influye la educación: salimos con títulos pero sin habilidades prácticas para el mercado. Y las prácticas curriculares, que muchas veces son gratuitas, se convierten en la puerta de entrada a un empleo precario. No es que no haya trabajo, es que hay mucho trabajo mal pagado.

Desde mi experiencia, la precariedad es una consecuencia de la globalización y la deslocalización. Muchas empresas grandes han trasladado producción a países con costes más bajos, y aquí se quedan los servicios de bajo valor añadido. Así, el empleo que generamos es de baja productividad, y por tanto, mal remunerado. Además, la economía sumergida sigue siendo alta, sobre todo en sectores como el cuidado de personas mayores o la . Eso perjudica a quienes trabajamos legalmente, porque los salarios se tiran abajo. La solución no es solo legislativa, sino también reindustrializar el país con empleos de calidad.

A mí, que ya viví la época de los contratos fijos, me duele ver cómo han cambiado las cosas. Antes, tras un año de prueba, firmabas un contrato indefinido. Ahora, los jóvenes encadenan contratos temporales durante años, y cuando consiguen uno fijo, es a tiempo parcial. La reforma laboral de 2022 intentó reducir la temporalidad, pero en la práctica no ha sido suficiente porque las empresas encuentran resquicios. Otro punto es la desconexión entre salarios y productividad: España produce más que hace 20 años, pero los sueldos reales apenas han subido. Y el sistema de pensiones se resiente, porque menos cotizaciones estables significan menos ingresos futuros.


