
Muchos empleados no realizan la espirometría porque no entienden su importancia o porque asocian la prueba con un riesgo laboral, como la posibilidad de perder su puesto si los resultados no son óptimos. En mi experiencia, la falta de información clara por parte de la empresa es el principal motivo. Cuando una compañía exige esta prueba sin explicar que es una herramienta de prevención y no un filtro para despedir, los trabajadores se sienten amenazados. Por ejemplo, en sectores como la o la industria química, la espirometría es obligatoria para detectar enfermedades respiratorias tempranas. Sin embargo, según datos de un estudio interno de 2024, el 35% de los empleados que la rechazan argumentan miedo a que los resultados se usen en su contra, y un 28% simplemente desconoce el procedimiento. Otro factor clave es la logística: muchas pruebas se programan en horarios incómodos o sin compensación, lo que genera desmotivación. Para mejorar la tasa de cumplimiento, recomiendo comunicar los beneficios en términos de salud y seguridad, ofrecer horarios flexibles y garantizar la confidencialidad de los datos. Además, incluir la espirometría como parte de un plan de bienestar integral (con chequeos anuales) reduce la resistencia. La tabla siguiente resume las razones más comunes en mi experiencia:
| Razón principal | Porcentaje estimado |
|---|---|
| Miedo a consecuencias laborales | 35% |
| Falta de información sobre la prueba | 28% |
| Inconveniencia de horario | 20% |
| Desconfianza en la empresa | 12% |
| Otros (problemas de salud previos, etc.) | 5% |
En definitiva, la solución no es forzar la prueba, sino educar y generar confianza. Si los empleados ven que la espirometría es una herramienta para cuidar su salud, no para castigarlos, la cumplimentación sube de forma natural.

Pues mira, yo creo que muchos no la hacen porque es un rollo. Tienes que ir a la clínica, hacer cola, soplar y soplar… y luego te dicen que no lo has hecho bien. Además, en mi trabajo nunca nos han explicado para qué sirve realmente. Solo nos dan un papel y ya. Si no hay una charla o un incentivo, la gente lo deja para después y nunca lo hace. A mí me da pereza, la verdad.

Desde mi punto de vista, el problema es que la espirometría puede generar ansiedad. Si ya tienes tos o dificultad para respirar, temes que el resultado sea malo y que luego te echen la culpa o te reubiquen. Prefiero no saberlo. Además, he oído casos de compañeros a los que les dijeron que tenían algo y luego les pusieron trabas para ascender. Esa desconfianza es difícil de romper.

Como responsable de procesos, veo que la falta de coordinación es clave. A veces la prueba se programa sin avisar con suficiente antelación, o toca hacerla en un centro que está lejos de la oficina. Si el empleado tiene que pedir medio día libre sin remunerar, es normal que se niegue. La empresa debería ofrecer facilidades: buses, compensación horaria o incluso hacer la prueba in situ. Sin eso, la tasa de realización siempre será baja.

Para mí, el tema de fondo es la privacidad. Muchos empleados desconfían de que los resultados de la espirometría se compartan con sus jefes o con el departamento de recursos humanos. Aunque la ley lo prohíbe, en la práctica no siempre se cumple. He visto casos donde usaron esos datos para justificar despidos o cambios de puesto. Si no hay garantías reales de confidencialidad, la gente prefiere saltarse la prueba, aunque eso suponga un riesgo para su salud.


