
La escasez de empleados en el sector primario se debe a una combinación de bajos salarios, condiciones físicas exigentes y falta de prestigio social. En mi experiencia, muchos jóvenes rurales prefieren emigrar a ciudades donde el trabajo es más estable y mejor valorado. Yo mismo crecí en una explotación agrícola en Andalucía y, aunque mis padres aún viven del campo, decidí estudiar y trabajar en el sector servicios. La diferencia es abismal: el salario medio en agricultura ronda los 1.200 € mensuales frente a los 1.800 € en hostelería o comercio, según datos del INE de 2024. Además, la jornada es irregular, con picos estacionales y exposición al clima.
Para muestra, una comparativa de ingresos medios anuales en España (fuente: INE, 2024):
| Sector | Salario bruto anual medio |
|---|---|
| Primario (agricultura, ganadería, pesca) | 16.500 € |
| Industria | 28.000 € |
| Servicios | 25.200 € |
Esto no es solo cuestión de dinero. La mecanización ha reducido la necesidad de mano de obra no cualificada, pero ha creado demanda de especializados (agrónomos, ingenieros de precisión) que no encuentran ofertas atractivas en el medio rural. La falta de formación profesional vinculada al sector y la ausencia de políticas de conciliación hacen que incluso los pocos empleos disponibles queden desiertos. En mi opinión, el problema es estructural: mientras no se modernicen las condiciones laborales y se promocione el valor estratégico de la producción local, seguirá siendo un sector invisible para los jóvenes.

Recuerdo cuando el campo daba trabajo a casi toda la comarca. Ahora mis nietos no quieren ni pasar el verano aquí. La mecanización y la concentración de explotaciones han hecho que se necesiten menos manos, pero también han destruido la vida comunitaria. Antes tenías un jornal digno, ahora te pagan por horas y sin contrato fijo. La falta de relevo generacional es un drama: los jóvenes ven el campo como un castigo, no como un futuro. Yo sigo cuidando mis olivos, pero sin ayuda, es imposible.


