
Sí, la discriminación laboral existe y tiene raíces profundas en sesgos inconscientes, estructuras organizativas y normas sociales. En mi experiencia, una de las causas principales es el sesgo implícito que llevamos todos: tendemos a favorecer a personas que se parecen a nosotros en edad, género, origen o forma de hablar. Por ejemplo, en procesos de selección, un currículum con nombre extranjero recibe menos llamadas que uno con nombre local, incluso con la misma experiencia. Esto lo confirma un estudio de 2023 del Instituto Nacional de Estadística, que muestra que las personas de origen inmigrante tienen un 30% menos de probabilidades de ser convocadas a entrevistas en España.
Otra razón clave es la falta de procesos estandarizados. Muchas empresas no usan herramientas como entrevistas estructuradas o criterios de objetivos, lo que deja espacio a decisiones subjetivas. Además, los estereotipos de género siguen presentes: en sectores tecnológicos, las candidatas mujeres son evaluadas con mayor rigor en habilidades técnicas que los hombres, según un metaanálisis de la Universidad de Barcelona (2024). También influye la cultura organizacional cuando los líderes no promueven la diversidad o toleran comentarios excluyentes.
Por último, la precariedad laboral agrava el problema: en trabajos temporales o mal pagados, la discriminación por edad (tanto jóvenes como mayores de 50) es más frecuente. Las empresas priorizan perfiles «flexibles» y descartan a quienes consideran «menos adaptables». Combatir esto requiere formación en sesgos, procesos ciegos (ocultar nombre, foto, edad en CVs) y políticas activas de igualdad. No es una utopía: compañías que aplican estas medidas reducen la discriminación hasta un 40% en dos años, según datos de la consultora Randstad España (2025).

Desde mi punto de vista, una de las razones es el miedo a lo diferente. Cuando en una empresa todos son muy parecidos, cualquier persona que se salga del molde genera desconfianza. He visto cómo rechazan a candidatos válidos solo porque tenían un tatuaje visible o una forma de vestir poco convencional. También importa mucho el networking: si no tienes contactos internos, tu candidatura pasa desapercibida. Y claro, está el edadismo: a los 55 años te consideran «demasiado experimentado» y caro, y a los 25 te tachan de inexperto. Es un círculo vicioso que solo se rompe cuando las empresas se obligan a mirar más allá de los prejuicios.

A mí me sorprende que aún se discrimine por aspectos tan básicos como el acento o el lugar de residencia dentro de España. En mi entorno, conozco casos de personas del sur que al mudarse al norte notaron que sus currículums se valoraban menos. También el sesgo de maternidad es muy bestia: las mujeres en edad fértil son preguntadas por sus planes de familia, algo ilegal pero que sigue pasando. Creo que la falta de sanciones reales fomenta que estas prácticas se mantengan. Si las inspecciones de trabajo fueran más frecuentes y duras, muchas empresas se lo pensarían dos veces.

Lo he vivido en primera persona. Aunque tengo la misma formación que mis compañeros, mi apellido de origen marroquí hacía que siempre me preguntaran «¿y de dónde eres realmente?» en las entrevistas. Luego supe que en la misma empresa, a otros perfiles con mi mismo nivel no les pedían tantos detalles. La discriminación no siempre es explícita; muchas veces es microagresiones que te desgastan. Por ejemplo, asumir que no hablo bien castellano o que no encajo en el equipo. La solución pasa por auditorías externas de los procesos de selección que detecten estos patrones, y por la concienciación real de los equipos de RRHH.

En el sector de la hostelería, donde trabajo, la discriminación es descarada. La apariencia física se usa como filtro: «necesitamos a alguien con buena presencia» es una excusa para no contratar a personas con sobrepeso, con cicatrices o simplemente mayores. También hay discriminación por orientación sexual; un compañero gay fue rechazado porque el dueño decía que «no daría buena imagen» en un restaurante familiar. Y todo esto pasa porque los contratos son temporales y la gente no se atreve a denunciar por miedo a perderlo todo. Urge que las campañas de inspección se centren en estos sectores precarios.


