
La clave para llamar la atención a un empleado sin ofenderle está en separar la conducta de la persona y usar un enfoque constructivo. Yo siempre empiezo con un hecho objetivo, seguido de una pregunta abierta. Por ejemplo: “He notado que en los últimos informes ha habido tres errores de cálculo. ¿Qué crees que pudo pasar?” Así evitas juicios y abres espacio a la reflexión.
Para que esto funcione, recomiendo estructurar la conversación en tres fases: observación, impacto y solución. La observación debe ser neutra y basada en datos; el impacto explica cómo afecta al equipo o al proyecto; y la solución se construye juntos. Aquí tienes una tabla con los pasos prácticos que sigo:
| Paso | Acción | Ejemplo concreto |
|---|---|---|
| 1 | Preparar el contexto | Elige un momento privado y sin prisas. |
| 2 | Describir el hecho | “Ayer en la reunión, cuando te preguntaron por el plazo, no respondiste.” |
| 3 | Explicar el impacto | “Eso generó incertidumbre en el equipo.” |
| 4 | Preguntar por su perspectiva | “¿Cómo viste tú esa situación?” |
| 5 | Acordar un cambio | “¿Qué tal si la próxima vez dices ‘lo reviso y te confirmo’?” |
Además, evita el “pero” porque anula lo positivo. En su lugar, usa “y al mismo tiempo”. Por ejemplo: “Valoro mucho tu iniciativa, y al mismo tiempo necesito que ajustes el formato a la plantilla estándar.” Esto mantiene la relación y la corrección.
Según el estudio de Gallup (2023), los equipos que reciben feedback constructivo al menos una vez a la semana tienen un 14% más de compromiso. Por eso, normalizar estas conversaciones es clave para el desarrollo profesional sin generar malestar.

A mí, lo que mejor me funciona es ser directo pero con calidez. Nada de rodeos: “Oye, necesito que hablemos un momento de cómo se está haciendo esta tarea. No es nada grave, solo quiero que mejoremos juntos.” Y siempre termino con un “¿te parece?”. La clave está en el tono de voz y la expresión facial. Si sonríes y mantienes los brazos abiertos, la otra persona no se siente atacada. Además, elijo siempre el momento adecuado —nunca delante de otros ni cuando están estresados.

Yo prefiero usar el humor y la empatía. Por ejemplo, si un compañero llega tarde a las reuniones, le digo: “¡Eh, que el café no espera! ¿Necesitamos ajustar el horario?”. Hacer una pregunta en lugar de una acusación desarma cualquier defensa. También es útil personalizar el feedback según la persona: con unos funciona la broma, con otros un tono más serio. Lo importante es que sepan que vienes desde el cariño y el interés por el equipo.

Desde mi experiencia como receptor de críticas, lo que más me gusta es que me den opciones en lugar de órdenes. Por ejemplo, que me digan: “Podrías probar a hacerlo de esta otra manera, ¿quieres que te muestre?”. Eso me hace sentir respetado y con control sobre mi trabajo. También valoro muchísimo que me avisen con antelación si van a hablar de un tema delicado: “¿Tienes un momento para que charlemos sobre el proyecto? Son cinco minutos.” Así llego preparado y no me pilla de sorpresa.

En mi opinión, la mejor forma de llamar la atención sin ofender es construir una cultura de feedback continuo. Cuando la retroalimentación es habitual y bidireccional, deja de ser un evento incómodo. Yo recomiendo dedicar 5 minutos semanales a preguntar: “¿Cómo ves tu progreso? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?”. Así cuando surja un tema concreto, será una conversación más dentro de lo normal. Además, usa el “yo” en lugar del “tú”: “Me preocupa el plazo” en vez de “No estás cumpliendo el plazo”. Eso evita el tono acusatorio y fomenta la confianza.


